NACIONALES


LO QUE LA DEMOCRACIA DEBE CONSTRUIR

Radiografía de un país inviable que urge cambiar



Fecha: 22/07/2019   16:45

En dos décadas, creció 221% la gente que depende del Estado;Sostiene al 44% de la población, a quienes les asigna ayuda económica todos los meses;Hay 70% más de empleo público pero solo el 38% más de empleo privado




 

  

El hecho de que el Estado sostenga con dinero al 44 por ciento de la población plantea un debate con múltiples aristas: ¿por qué paso esto?, ¿cómo se puede superar?, ¿qué es lo deseable en términos de bienestar de la población?, ¿cuándo discutiremos en serio un modelo de producción e inclusión social?

“Todos los meses, el Estado deposita dinero en las cuentas de casi 20 millones de argentinos, convirtiéndose, en la mayoría de los casos, en sostén principal de esas personas. La cifra es 221%  más alta respecto de 2001, año de inflexión en la historia económica de la Argentina. En ese entonces, eran 6,23 millones de argentinos los que recibían ingresos económicos del Estado”, explica la economista Laura González, en nota del diario La Voz del Interior de Córdoba.

Eso implica que, sobre una población de 44,7 millones de habitantes, el 44,5 por ciento depende total o parcialmente del Estado para sobrevivir.

Desde el 2001 y por diferentes razones –sociales, económicas, culturales y electorales–, esa cuenta no ha parado de crecer, al punto de demandar un gasto público que hoy tiene un tamaño gigantesco, equivalente a 42 por ciento del producto interno bruto de la Argentina. Eso significa que de cada 100 pesos que produce genuinamente el sector privado, el Estado gasta 42. El grueso de ese dinero lo obtiene cobrando impuestos y, cuando eso no es suficiente, emite o toma deuda.

La cuenta incluye a quienes son empleados del Estado, en sus tres niveles, y a los que reciben algún beneficio de la seguridad social, sea en forma de jubilación o pensión o como plan social.

De esos 19,99 millones de personas con ingresos del fisco, los empleados son el segmento más numeroso: cuatro millones de asalariados.

Esa cifra creció 70 por ciento, aunque a ritmo dispar: los municipios, con 703.437 empleados, tienen el doble de trabajadores que tenían en 2001. Las provincias también incrementaron su planta 73 por ciento: pasaron de 1,36 millones a 2,35 millones. Y la Nación creció 59 por ciento, con 198.836 empleados actualizados en 2019. A esa cuenta hay que agregarle otros 744 mil empleados más, que son los que están en las empresas estatales, los entes autárquicos, los poderes judicial y legislativo. Ese grupo creció 47 por ciento en dos décadas.

En el mismo período, los asalariados privados registrados pasaron de 8,42 millones a 11,68 millones: un alza del 38 por ciento, la mitad que el empleo público.

Hay que resaltar que estructuralmente el país mantiene una economía en negro, que algunos estiman en 30% y por ende mano de obra también en negro del 40%.

Los que se agregaron

El más importante fue el de jubilaciones vía moratoria, sin aportes implementada en el gobierno kircherista: de no existir en 2001 a tener hoy 3,73 millones de beneficiarios, el 18,7 por ciento del total. Este, en términos de impacto fiscal, fue el más significativo, porque representa el 40 por ciento del gasto previsional de Anses.

La Asignación Universal por Hijo tampoco existía en 2001 y fue creada en el gobierno kirchnerista: en la actualidad hay 4,02 millones de niños y niñas que perciben 2.250 pesos mensuales, hijos de madres que no tienen trabajo o lo tienen en negro.

Otro ítem que registró un aumento fenomenal es el de las pensiones no contributivas, que pasaron de 332 mil en 2001 a 1,46 millones ahora: es una suba del 342 por ciento. El 80 por ciento corresponde a pensiones por invalidez.

En tanto, hay un crecimiento del 1.334 por ciento en la categoría de planes sociales, que pasaron de 250.442 a 3,59 millones en el período.

Ahí están los planes de desarrollo alimentario, de protección social, de primera infancia, las becas Progresar, los expresos políticos, el programa Hacemos futuro, el Jóvenes con más y mejor trabajo, proyectos productivos y monotributistas sociales.

Si bien es entendible, en un país con una pobreza estructural en al menos 30 por ciento de sus habitantes resulta muy complejo imaginar una asistencia menor, es indudable que la estructura económica productiva no está incluyendo a la gente que necesita trabajar y el Estado ha estado compensando.

Aquí es donde la responsabilidad de los gobiernos o de los dirigentes que ocuparon los cargos, se torna ineludible. Ellos no supieron o no quisieron implementar un plan o políticas públicas destinadas a conseguir un desarrollo económico que genere los puestos de trabajo necesarios para incluir a la población, no solo en la faz productiva, sino también en lo social, educativo y cultural.

La aventura “neo-liberal” de Menem-Cavallo, terminó en un tremendo ajuste estructural para salir de la “convertibilidad”, en épocas de Duhualde y sus ministros de Economía, Jorge Remis Lenicov y Roberto Lavagna. La recuperación económica llegó, contabilizando un crecimiento del PBI a más del 8 % interanual​, de la mano de la baja del costo de la mano de obra y el contexto de crecimiento de precios de los commodities (la soja llegó a 630 dólares la tonelada).

Esa lluvia de dólares creo una bonanza que se creyó definitiva, al igual que la estructura productiva, que para darle justicia distributiva se apeló a la creación de múltiples planes sociales y al empleo público como herramienta para luchar contra la desocupación.

Cambiando una máxima del peronismo, que lo único que da dignidad al ser humano, es el trabajo.

Pero ello no era definitivo, un día ya la soja no valía 630 dólares y bajó su precio, la inflación carcomía los salarios y hubo que aumentarlos, los estados comenzaron a desfinanciarse, el cambio pesos/dólares se estancaba y desembocamos en las crisis duras de 2009 y 2014, con sus consecuentes fuertes devaluaciones. Sumar la del 2018 es solo un dato más, para confirmar que la gente soporta la crisis porque tienen ese ingreso del Estado.

Se perdió otra oportunidad para construir, un modelo de Nación; productivo eficiente, generador de puestos de trabajo dignos, estable, dinámico, con movilidad social, inclusivo en lo social, educativo y cultural.

Recalco “construir”, porque no se hace de la noche a la mañana; porque no es privativo de un “iluminado” mesiánico; porque es a largo plazo y definiendo etapas; porque necesita de consensos básicos en el marco democrático para dotarlo de estabilidad y aceptación.

 



Fuente: (periscopio)


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