TURISMO Y CULTURA


EDUCACION PARA LA VIDA

“Preparamos a nuestros hijos para los aplausos, no para las equivocaciones”



Fecha: 09/04/2019   19:26

Lucía Galán Bertrand, pediatra, escritora y conferenciante, y una apasionada de la educación, de la divulgación y de la emoción



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“No quiero dar una imagen de madre perfecta a mis hijos; no quiero que ellos me vean como una mujer inquebrantable. ¿Por qué? Porque cuando pasen los años y ellos salgan ahí fuera, al mundo real, y tengan su primera caída, su primer fracaso, no quiero que se vengan abajo pensando: ‘Qué decepción. Mi madre aquí nunca se hubiese caído, porque mi madre era perfecta’”. Lucía Galán Bertrand es pediatra, escritora, madre y conferenciante, más conocida como ‘Lucía Mi Pediatra’, Premio Bitácoras al mejor blog de Salud e Innovación Científica 2015 y Premio Mejor Divulgadora de España por la Organización Médica Colegial 2018. Ha publicado, entre otros libros, los títulos ‘Lo mejor de nuestras vidas’, ‘Eres una madre maravillosa’, ‘El viaje de tu vida’ y 'Cuentos de Lucía Mi Pediatra'. Recientemente ha sido nombrada miembro del Comité Asesor de UNICEF y ha convertido la pediatría en materia de debate con base científica a través de las redes sociales. Su labor divulgadora no se limita a informar sobre mitos de la salud, virus y fiebre, antibióticos y vacunas, sino también educación emocional. Desde rabietas y frustraciones a educar en la empatía y la cooperación: "No hay tercer mundo, ni primer mundo. Todos pertenecemos a este mundo y es nuestra responsabilidad dejarlo un poco mejor de lo que lo hemos encontrado", concluye.

Las peleas entre hermanos…

A ver, ¿quién no se ha peleado con su hermano? Los papás vienen muy agobiados y piensan que son los únicos, piensan que lo hacen todo fatal, miras a tu pareja y dices: “Cariño, ¿qué estamos haciendo mal? Es que esto no es normal”. Es normal. Los hermanos se pelean, es normal. Tranquilidad. Ahora bien, todos hemos oído eso de: “No hay que intervenir. Ellos lo tienen que arreglar solos. Tienes que intentar no tomar partido. Tienes que hablar desde la curiosidad y no desde el juicio”. “¡Qué ha pasado aquí!”, desde el juicio, desde la amenaza, desde el castigo a: “¿Qué ha pasado aquí?”, desde la curiosidad. Es distinto para manejar una crisis que está empezando. Mira, yo te contaré que cuando mis hijos eran pequeñitos, se peleaban mucho más que ahora. Y el momento típico era, pues estás ahí cenando o desayunando, y de repente… Todo va muy bien y de repente, sin que te des cuenta, ¡pam! Se enzarzan, empiezan a gritar, empiezan a… Que se van a tirar cosas. Una cosa que dices… Tú estás ahí como mero espectador, como si estuvieses en un partido de tenis, viendo a uno, viendo a otro, no sabes si intervenir o no. Bueno, pues a mí me funcionaba fenomenal el siguiente juego. Les decía: “Chicos, un juego”. La palabra “juego” en los niños pequeñitos es como un resorte. Ellos escuchan “juego” y enseguida conectan. Bien, te hablo pues cinco, seis años, siete, cuatro. “Chicos, un juego”. Entonces se quedaban los dos así, mirando. “Vamos a jugar a lo que me gusta de ti”. Y entonces miraba a mi hija pequeña: “Covi, lo que me gusta de ti, cariño, es que eres muy cariñosa”. Bueno, tenías que ver a mi hija. Tenía un trozo de pan en la mano que se lo iba a tirar al hermano. Enseguida hizo así como diciendo: “¡Guau, qué regalo!”. Bien. Mi madre. “Covi, lo que me gusta de ti es que siempre sonríes”. Hicimos una rueda de reconocimiento de las cosas que nos gustaban de ella. Fue espectacular. La niña se relajó, por supuesto, se olvidó, se tranquilizó. Hicimos una rueda con todos los que estábamos allí. Y hubo un momento que le dije: “Carlos, dile algo a tu hermana”. Contra todo pronóstico, porque yo pensé que mi hijo no iba a ser capaz, de repente dice: “Covi, lo que me gusta de ti es que me acompañas a la ‘urba’ a jugar con los amigos”. Y me pareció maravilloso porque lo decía desde sus dificultades para relacionarse con los demás, desde el conocimiento de que es tímido. Me pareció un momento supertierno. Dejamos la rueda de reconocimiento para mí para el final. Empezaron a decirme cosas que como madre también son un regalo, porque estamos muy acostumbrados a dar, dar, dar, pero las madres estamos como poco acostumbradas a recibir. Entonces, es un ejercicio muy bonito para hacer. Y recuerdo que Carlos terminó: “Mamá, lo que me gusta de ti es que siempre estás”. Mira, lo recuerdo y se me ponen los pelos de punta. “Siempre estás”. Es corto, claro, contundente, pero ¡pam! Directo al alma. Es… No lo estoy haciendo tan mal.



Fuente: (elpais.com)











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